Cueva de las Manos en Patagonia Argentina; pintura rupestre de hace unos 10.000 años.
Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha buscado dejar testimonio de su existencia mediante imágenes. Sin embargo, solo fue en el siglo XIX, con la invención de la fotografía, cuando ese anhelo se convirtió en una posibilidad accesible para un amplio sector de la población. A diferencia de la pintura o el dibujo, que requerían habilidades específicas, cualquier persona podía aprender a realizar una fotografía adquiriendo una cámara, los insumos necesarios y siguiendo procedimientos que habían sido declarados de dominio público.
A partir de entonces, miles de fotógrafos comenzaron a registrar su entorno, sus familias, sus ciudades y sus viajes, construyendo un extraordinario testimonio visual de su época. En Medellín y Antioquia, esta historia comenzó en 1848, cuando Fermín Isaza, pintor convertido en fotógrafo, estableció el primer gabinete fotográfico en Antioquia. Pocos años después surgieron numerosos estudios y fotógrafos itinerantes que documentaron la transformación del territorio y de sus habitantes durante más de un siglo y medio. Aunque parte de ese patrimonio se ha perdido, una porción significativa ha llegado hasta nuestros días gracias al trabajo de conservación realizado por instituciones como la Biblioteca Pública Piloto.
Con la llegada de la fotografía digital y, especialmente, de los teléfonos celulares con cámara, parecía que la memoria visual de nuestra sociedad estaría completamente asegurada. Nunca antes se habían producido tantas fotografías como en la actualidad. Sin embargo, ocurre una paradoja: mientras en la era de la fotografía analógica las imágenes eran escasas, pero se conservaban cuidadosamente por los fotógrafos, en álbumes y archivos familiares, hoy producimos miles de fotografías que circulan fugazmente por redes sociales y servicios de mensajería, para luego quedar olvidadas en dispositivos, discos duros o servicios en la nube, hasta el punto de que no sabemos dónde están las del último cumpleaños.
A esta situación se suma la dependencia de los soportes digitales, susceptibles de fallas técnicas, obsolescencia tecnológica, ataques informáticos o pérdidas accidentales. En consecuencia, vivimos una época que produce más imágenes que cualquier otra en la historia, pero cuya memoria visual podría ser una de las más vulnerables.
Ante este escenario, el Museo Víztaz propone Memorias para el futuro, un proyecto que busca construir un archivo fotográfico análogo de Medellín y la Antioquia contbemporáneas. Su propósito es crear un conjunto de negativos fotográficos que permita preservar, para las generaciones futuras, un testimonio auténtico, estable y material de cómo vivimos, cómo habitamos nuestros territorios y cómo somos en esta primera mitad del siglo XXI.
Víztaz tiene experiencia en este tipo de iniciativas, un ejemplo es la desarrollada en 1996 con el proyecto Un siglo de vida en Medellín, que convocó a la ciudadanía para compartir fotografías de sus álbumes familiares y conformar un gran archivo digital sobre la historia de la ciudad. Aquella experiencia demostró la capacidad de articular alianzas entre entidades públicas y privadas, y sobre todo con la comunidad en torno a la preservación de la memoria colectiva.
Memorias para el futuro propone un enfoque complementario. En lugar de recopilar fotografías del pasado, invita a construir desde el presente un archivo pensado para el futuro. Las imágenes serán realizadas directamente sobre película fotográfica que serán procesadas y conservadas bajo estándares archivísticos specializados, garantizando una estabilidad material por siglos, pues es bueno recordar que negativos históricos que han sido guardados sin cuidados especiales han durado más de un siglo y medio.
Además de su permanencia física, los negativos constituyen un registro original cuya autenticidad puede verificarse con facilidad, evitando las incertidumbres propias de las imágenes digitales en una época marcada por la manipulación informática y en estos momentos con la inteligencia artificial mediante la cual se crean imágenes fantásticas que se mezclan y confunden con las imágenes reales, perdiendo de esta forma la fotografía todo su poder de memoria.
Más que un archivo fotográfico, Memorias para el futuro es una apuesta por preservar una memoria confiable de nuestro tiempo. Es un legado para quienes, dentro de cien o quinientos años, necesiten conocer cómo era realmente la sociedad que habitó Medellín y Antioquia en las primeras décadas del siglo XXI.
Por lo complejo del proyecto, está planteado hacerlo por etapas. Así, hemos empezado la fase "Retratando", en la cual realizaremos fotografías en película fotográfica de medio formato a transeúntes de la ciudad. La primera experiencia la tuvimos el día 12 de julio en el Jardín Botánico, dentro de un evento que se llamó "El bazar de la confianza". Estuvimos una tarde recorriéndolo e invitando a algunas personas a que se dejaran hacer un retrato para registrar su figura, sus fachas y atuendos. A estas personas les explicamos brevemente el proyecto, les mostramos la cámara Rolleiflex con la que los íbamos a fotografiar y ninguno de ellos se opuso. Es más, la gran mayoría de estas personas se mostraron ilusionadas y emocionadas de que fueran a ser retratadas para guardar esta memoria. Esto comprobó nuestra hipótesis inicial y pronto estaremos en nuevos espacios de la ciudad continuando esta conformación de memoria contemporánea.
La película utilizada será de marca Kodak y/o Ilford tradicionales y de excelente calidad.
Se procesarán según los protocolos modernos de los museos que permiten la mayor duración y estabilidad posible.
Los negativos serán depositados en un centro de memoria visual que tenga y garantice condiciones óptimas de conservación.